Robo de un Kandinsky en el Colegio Luis Amigó

Los alumnos de Educación Infantil del Colegio Luis Amigó han vivido una aventura apasionante estos días en sus aulas. Los Carteros Reales de Navarra, los originales, los mismos que llevan en persona las cartas de todos los niños de Pamplona a Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente, ¡vinieron un día al Colegio! Sí, ¡al Luis Amigó!  Por lo visto tenían que entregar una Carta Real y tenían que entregarla en persona. ¿Sabéis qué hicieron? Buscaron a la coordinadora de Infantil y le entregaron un sobre enorme para sus alumnos. La carta, lacrada, iba dirigida a los alumnos de 3º de Educación Infantil. Pesaba mucho. Los niños se sintieron muy honrados cuando sus maestras les mostraron lo que contenía y la leyeron en voz alta. Dentro había ocho reproducciones de unas preciosas pinturas de Kandinsky y de Velázquez; y una carta de papel verjurado con una invitación en la que, con todos los honores, los Carteros Reales les invitaban a visitar el Museo de Navarra. En la carta, además de la invitación, les encomendaban una misión real como requisito para poder visitar el Museo: Para hacer que la visita fuera verdaderamente fructífera y les sirviera para aprender, que para eso estaban en el cole, tenían que custodiar y estudiar bien, en cada clase, las reproducciones de “Acento en Rosa”, “Hacia Arriba”, “Blando duro” y “Pintura Azul”, de Kandinsky. Y las de “La Fragua de Vulcano”, “Las Meninas”, “Vieja Friendo Huevos”, “La Rendición de Breda”, de Velázquez. Los niños, emocionados, se pusieron manos a la obra. Se repartieron las pinturas con cuidado y quedaron encargados de cuidar dos cuadros por aula: Uno de Velázquez y uno de Kandinsky. Y allí que los expusieron. Sus profes les hablaron de quiénes eran Velázquez y Kandinsky y, observando las bonitas reproducciones, pudieron apreciar la belleza realista del trazo de un Velázquez y el bello colorido y la abstracción de los cuadros de Kandinsky. El tiempo pasó volando y ya tocaba ir a comer; así que, con mucho cuidado de no estropear los cuadros y de dejarlos a buen recaudo, cerraron las aulas y se pusieron en fila para lavarse las manos. Pasó la hora de comer, el recreo tras la comida, y de nuevo volvieron a las filas para entrar en clase. Todo transcurría con normalidad en un colegio con cientos de niños de entre cero y seis añitos: risas, juegos, voces de trapo, alguna más alta que otra, zapatitos en los estantes, batas en los percheros… Y, ¡oh, sorpresa! Cuando los niños de 3º subieron la escalera para entrar en sus aulas, se dieron cuenta de que ¡la cerradura estaba forzada!   Las clases estaban abiertas. Alguien había entrado antes que ellos. En el suelo, diseminadas con un tremendo desorden, sillas volcadas, mesas movidas, papeles… ¡y unas huellas! Una bata, harina, objetos varios… Algún niño fue el primero en observar lo que de verdad empezó a preocuparles a todos: ¡Faltaba uno de los cuadros! ¡Un ladrón había entrado en clase y se había llevado el cuadro de Kandinsky! Había que hacer algo. ¡Vaya disgusto! Pensando, cavilando, quién podría haber sido, entre el montón de pistas que el ladrón había dejado, tomaron una decisión: Decidieron llamar a la Guardia Civil para que les ayudara a encontrar al ladronzuelo.

(Continuará…)

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