El Luis Amigó siempre será mi Colegio

 Pilar Pejenaute, Miguel Ibáñez y Julián Pina son los profesores que a lo largo de los últimos meses han concluido su etapa laboral. Entre los tres suman 90 años de docencia en nuestro colegio. Preguntados por sus vivencias, coinciden en un mismo sentimiento: “El Luis Amigó siempre será mi colegio, el mejor, donde me he sentido muy querido”.

Pilar llegó al centro en 1976 y Miguel en 1977. Nuestro colegio no tenía entonces ni siquiera diez años de vida, ahora está a punto de cumplir los 50. Ellos han sido protagonistas de la evolución y crecimiento del colegio. En aquella época contábamos con unos 360 alumnos –todos chicos y un 25% de ellos internos- y una decena de profesores, ahora somos más de 1.600 estudiantes y un centenar de docentes.

El colegio impartía entonces únicamente los cursos de la Educación General Básica, que iba desde los actuales 1º de Primaria a 2º de ESO.

 

pilar julian miguel 2017

De los ocho cursos, los cuatro primeros contaban con una única aula y los cuatro siguientes con dos, una para alumnos externos y otra para los internos.

 “Éramos una familia, todos jóvenes y con muchas ilusiones”, afirma Pilar Pejenaute, quien también recuerda cómo la decena de profesores comía en una gran mesa, “donde cabíamos todos y donde la comunidad religiosa nos cuidaba muy bien”. Unos agasajos que también destaca Julián Pina al rememorar cómo un religioso, años después, le invitó a merendar cuando le vio en la sala de profesores corrigiendo bien entrada la tarde: “Me llevó al comedor de la comunidad, sacó un trozo de queso, un poco de vino y preparó café. Eso nunca lo habían hecho conmigo en ningún otro colegio donde he trabajado”.

El crecimiento del Colegio
Con el paso de los años, el Amigó vio la llegada de las primeras alumnas, de la Educación Infantil, de la ESO, del ciclo de 0 a 3 años, del Bachillerato, de la tercera línea y de la cuarta, que dentro de dos años estará implantada en todos los cursos de la educación obligatoria. Un crecimiento exponencial que provoca incredulidad cuando Miguel Ibáñez recuerda los problemas que atravesó el colegio en los años 80, al plantear el Gobierno de Navarra un cambio en los conciertos educativos que ponía en peligro la continuidad del Amigó. “Toda la comunidad educativa, alumnos, profesores, familias… subimos en los autobuses del colegio a concentrarnos en la calle Amaya”, cuenta Miguel.

Esta evolución del colegio se nota, obviamente, en sus instalaciones, con nuevos edificios como el de Infantil, más alturas y la conversión en aulas de los espacios del antiguo internado. Pilar y Miguel nos cuentan que al comienzo los espacios eran humildes, con alguna que otra gotera y una calefacción de gas que a veces fallaba tras una gran nevada. Pero, como es sabido, al mal tiempo hay que ponerle buena cara, así que con unos cubos, un abrigo recio y, sobre todo, el buen ambiente que reinaba en el colegio, proseguían las clases a pesar de las dificultades.

Los cambios también se aprecian, por ejemplo, en las primitivas instalaciones deportivas, con unos campos de tierra, en vez de hierba artificial, atravesados por una línea de alta tensión y minados de agujeros por las canicas. Además, al llover quedaban impracticables, por lo que los alumnos jugaban más en la pista de cemento, “la mercromina era de uso diario para curar las rodillas por las caídas”, dice Pilar. Ahora no solo contamos con los campos de hierba, sino también con un frontón remodelado, un polideportivo, y pistas cubiertas de baloncesto.

Profesores de casi todo
Las últimas promociones del colegio recuerdan a Pilar como maestra de Matemáticas en 5º y 6º de Educación Primaria, a Miguel como profesor de esta misma asignatura en 1º y 2º de ESO, y a Julián como responsable de Religión en toda la ESO y primero de Bachillerato.

No obstante, han impartido más materias, y es que los dos primeros, Pilar y Miguel, han sido profes de casi todo al ser lo que antes se conocía como maestros generalistas. “Al comienzo, como solo había dos clases por curso, se completaban los horarios con más asignaturas, dependiendo de la distribución de alumnos y del personal más o menos preparado y dispuesto para hacerlo”, explica Pilar, quien también fue profesora de Naturales, Sociales, Plástica, Pretecnología y Educación Física, “con el miedo que me daba saltar el potro” reconoce.

Por su parte, Miguel ha impartido también Ciencias, Pretecnología, Educación Física y hasta Mecanografía, “además tuve una experiencia como maestro en 3º, 4º y 5º de EGB”. Julián no se queda atrás, y a su labor como profesor de Religión sumó durante algunos cursos las asignaturas de Ética, Educación para la Ciudadanía y Literatura Universal, “que la disfruté muchísimo”; así como su labor en los grupos de Zagales.

Anécdotas y recuerdos
Preguntados por las anécdotas que más recuerdan de sus años en el colegio, no se atreven los tres a señalar de primeras una en concreto, ya que reconocen que han sido muchas. Pero luego, Julián evoca la respuesta que le dio una madre amiga suya al preguntarle por qué traía a sus hijos al Amigó: “Porque es un colegio normal”, le contestó. Y añade que “los amigonianos siempre nos hemos caracterizado por el cariño y cercanía con la que tratamos a los alumnos».

Pilar se queda con el día en el que, al principio de curso, un alumno levantó la mano para reconocerle que ella no había sido profesora de sus hermanos mayores, sino de su padre, “me quedé muerta” confiesa. “Desde entonces han pasado muchos hijos de exalumnos por mis clases, algunos de ellos calcos de sus padres”, añade.

Por su parte, Miguel recuerda que a su Chrysler la conocían en el colegio como la línea 9 del transporte escolar, “porque nos bajábamos de ella nueve personas”. Y es que para él fue muy importante traer a sus hijos al colegio. “No es lo mismo tenerlos fuera que en casa, tanto para mí como para ellos, ya que tener a su padre en el mismo colegio les ayudó a madurar».

Pilar, Miguel y Julián coinciden de nuevo en señalar como lo más gratificante de su trabajo las relaciones humanas, tanto con los compañeros del claustro como con familias y alumnos. También sienten la satisfacción del deber cumplido y de haber colaborado a levantar lo que hoy es el Colegio Luis Amigó. Y, finalmente, los tres afirman emocionarse cada vez que se encuentran por la calle con exalumnos que son buenas personas y les recuerdan con cariño.

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